La dignidad es lo que representa la divinidad cuando uno entra en una habitación.
Puedes saber que eres divina y aun así comportarte como una mujer que se disculpa por el espacio que ocupa. Y cómo te comportas no es solo una cuestión de postura, sino de carácter.
Una mujer íntegra camina con la cabeza bien alta, no por orgullo, sino porque inclinarse nunca fue su postura. Habla sin bajar la voz. Dice que no sin justificarlo.
Pero la dignidad no se limita a cómo se comporta consigo misma. Se trata también de cómo trata a los demás.
Ella no chismorrea. No compite con otras mujeres ni las menosprecia para sentirse más alta. Celebra los logros de otras mujeres sin resentirse, porque sabe que hay más para ella.
Ella lidera con amor, compasión y bondad. No como una actuación, sino como una frecuencia.
Ella no es desordenada. No crea caos ni lo alimenta. Ha trabajado demasiado en sí misma como para entregar su paz a algo insignificante.
Esto es elegancia. No la que llevas puesta, sino la que eres.
Y en privado, donde nadie la observa, no se vuelve contra sí misma. Esa es la verdadera prueba. No solo cómo se comporta en público, sino cómo se habla consigo misma cuando la puerta se cierra.
La dignidad que solo existe en público es una actuación. La dignidad que reside en privado es Divinidad.
Porque tú eres la representación de Dios, aquí para presentar una y otra vez cómo se manifiesta la Presencia Infinita en el cuerpo de una mujer.
En cada habitación a la que entras, la llevas contigo.
Así que compórtate bien.